06/24/2026
Dos campeonatos mundiales, millones de dólares, y el título no oficial de ser uno de los boxeadores más odiados de México en los últimos 20 años. Ese mismo hombre terminó tirado en una calle de Managua, con las costillas rotas, desorientado, sin dinero en el bolsillo y sin reconocer siquiera a su propia madre.
La versión que el público mexicano conoce del “Matador” es la versión limpia: la de un boxeador que cayó por las dr**as. Pero hoy vas a conocer la realidad más oscura, esa que sus propios hermanos ocultaron durante una década. Y es mucho más turbia de lo que alguna vez contaron.
Quédate hasta el final, porque hoy vas a saber qué hicieron sus dos hermanos mayores con los 8 millones de dólares que él ganó sobre el ring, quién le ofreció crack por primera vez durante una noche en Las Vegas, y por qué su propia madre, Miriam, en agosto de 2020, no quiso abrirle la puerta de su casa en el barrio Laureles del Sur.
Su nombre es Ricardo Antonio Mayorga Pérez. El mundo lo conoció como “El Matador”. Y para entender cómo lo destruyeron, primero hay que entender de dónde vino.
Ricardo Antonio Mayorga Pérez nació el 10 de marzo de 1973 en la ciudad de Granada, Nicaragua, una ciudad colonial ubicada al este de Managua, a orillas del lago Cocibolca. Lo recibió una partera del barrio Adelita, en una casa pequeña situada a 20 varas al sur de Las Tres Cruces.
La casa no era de la familia; la rentaban. Y pocos meses después del nacimiento del menor de los Mayorga Pérez, sus padres iban a perderla por una deuda que no podían pagar.
Su padre se llamaba Eddie Mayorga. Tenía 31 años y trabajaba como taxista en Granada, manejando un viejo Datsun azul que había comprado a plazos. Su madre se llamaba Miriam Pérez. Tenía 29 años y preparaba pasteles que vendía en las calles del centro de Granada, cargándolos en una gran bandeja sobre la cabeza. Tres pesos por cada pastel.
A sus tres hijos mayores, Jaime, Carlos y una hermana, Miriam había aprendido a criarlos entre el horno, las ventas en la calle y los recados del día a día.
Pero lo que aquella familia Mayorga Pérez todavía no sabía esa madrugada del 10 de marzo de 1973, mientras Miriam sostenía al recién nacido contra su pecho, era que tres meses antes Nicaragua había vivido la tragedia más grande de su historia. Una tragedia que obligaría a toda la familia a salir corriendo de Granada y empezar de nuevo en otra ciudad.
La tragedia había ocurrido el 23 de diciembre de 1972, a las 12:29 de la madrugada. Un terremoto de magnitud 6.2 sacudió la capital, Managua, durante apenas 30 segundos. Treinta segundos que mataron a más de 10,000 personas y dejaron a miles de familias nicaragüenses sin hogar. Muchas de ellas, expulsadas del centro destruido, terminaron empujadas hacia los barrios marginales del sur de la capital.
Entre esas miles de familias, tres meses después del terremoto, llegaron los Mayorga Pérez. Habían perdido la casa de Granada por la deuda. Eddie había vendido el Datsun azul para cubrir una parte de lo que debían y, con lo poco que les quedó, alquilaron una vivienda de piso de tierra en un barrio nuevo llamado Laureles del Sur, al sur de Managua.
Eran calles de tierra, sin agua potable, sin alcantarillado, con casas levantadas con láminas de zinc y madera reciclada.
Allí, en una de esas casas humildes del barrio Laureles del Sur, el pequeño Ricardo Mayorga, de apenas tres meses de edad, iba a empezar a vivir la vida que lo marcaría durante los siguientes 47 años.
Una vida marcada por dos cosas.
La primera: los golpes que su padre Eddie le daba cada viernes a su madre, Miriam.
La segunda: la sombra de un hermano mayor que sería, al mismo tiempo, su salvador y su perdición.
Ese hermano mayor se llamaba Jaime Mayorga. Tenía 11 años cuando nació Ricardo. Era el mayor de los varones de la familia y, desde los 12 años, según contaría más tarde a la revista nicaragüense *La Prensa* en una entrevista de 1998, Jaime se convirtió en una especie de segundo padre para el pequeño Ricardo.
Porque Eddie, el padre real, después de mudarse a Managua sin trabajo estable, cayó en una depresión silenciosa.
Durante el día manejaba taxis prestados durante 12 horas. Llegaba a casa a las 11 de la noche, cenaba sin hablar y se dormía sin jugar con ninguno de sus hijos. Pero los viernes, según contaría Miriam al periodista Lester Sandoval, del diario *La Prensa* de Nicaragua, en agosto de 2020, Eddie se transformaba en otro hombre.
Llegaba a la casa con seis o siete cervezas Toña encima. Y desde 1975, cuando Ricardo apenas tenía dos años, empezó a hacer cada viernes algo que se repetiría durante 15 años seguidos.
Lo que el padre, Eddie Mayorga, empezó a hacer cada viernes por la noche en la cocina de la casa de Laureles del Sur lo veremos más adelante. Por ahora, guarda esa imagen, porque 40 años después Ricardo Mayorga haría exactamente lo mismo en habitaciones de hotel de Las Vegas.
A los ocho años, Ricardo ya ayudaba a su madre Miriam a vender pasteles en las calles del barrio. Salía con ella a las cinco de la mañana, cargando una bandeja pequeña sobre la cabeza con cinco o seis pasteles.