19/05/2021
Del óbito de los peces gordos, primera parte.
Las 7 de la mañana, en mi opinión, era una mejor hora para ir a la cama que para despertar, y, sin embargo, allí me encontraba: ojeroso, con el cabello recogido en un moño alto y una camisa celeste que no había recibido una planchada en meses.
Frustrado por el lento avance del tránsito vehicular, instintivamente me llevé un ci******lo a la boca y lo encendí con un mechero al que se le estaba acabando el líquido combustible. Una analogía perfecta para mi estado de ánimo. Una anciana en el bus me indicó con una mirada furibunda que, en efecto, fumar dentro de un bus era dañino, y muy probablemente -hasta donde recordaba- ilegal. A regañadientes, guardé al solitario fallito dentro de la cajetilla aplastada que llevaba en el bolsillo.
La verdad es que sí había pegado pestañas unas horas antes, pero mi sueño sobre infantes con ojos caleidoscópicos y canciones sesenteras fue interrumpido por una inoportuna llamada. La voz del niño Jaimito diciendo “contesta conchetumare” se infiltró dentro de mi somnolencia, obligándome a contestar.
Las primeras palabras que salieron de mi boca fueron balbuceos inconexos e incompresibles, la voz de la editora del programa sonó con furia, aunque mi aún adormecido cerebro no procesó un carajo de lo que trataba de decir. “Sí, sí, ya casi tengo la nota, no te preocupes”. Mentí descaradamente, ambos -ella y yo- sabíamos que no había grabado una sola toma ni había escrito una sola línea, es más, ni siquiera tenía un tema sobre el que realizar el condenado informe.
“Escucha, gil” escuché a través del parlante del teléfono “Capturaron al gordo, te voy a mandar un taxi para que vayas a cubrir el evento, ¿entiendes?”.
No entendí. La falta de especificidad de su declaración proponía a diversos candidatos que cumplían los requisitos de a. haber hecho algo que podría llevarlos a ser capturados, y b. ser gordos.
“¿A cuál gordo, Le Tongué?” Me revolví en mi cama tratando de encontrar el control remoto del televisor, que estaba a los pies de la cama, manchado con mota de doritos y grasa de pollo.
No hubo necesidad de respuesta, era el gordo de gordos. En todos los canales era lo mismo: su refugio Sanisidrino de color crema, amoblada con imponentes piezas de maderas importadas, allanado por un equipo de plonsos liderado por algún fiscal enternado que estaría teniendo el mejor día de su vida, y la redonda figura del obeso líder, asomándose por las escaleras para ver llegar el destino que tanto tiempo le había sido esquivo.
Me incorporé de mi desordenado tálamo, aturdido y confundido. Aquel momento había sido parte de varias fantasías de justicia expedita, de aquella que solo existe en las series de detectives que solían pasar en televisión abierta después de la media noche. Ese pensamiento zumbó dentro de mi mente durante la duración de mi ducha. El teléfono, sin embargo, vibraba sin cesar sobre el aparador, haciendo ruidos como de mosquito. Sequé mi mano, aún húmeda, con la toalla que traía amarrada a la cintura, y contesté.
“Carajo, Jimena, acabo de salir de la ducha. Ya voy saliendo para su casa”. Lo siguiente que me dijo no hizo sentido en lo absoluto, al menos no procesé el significado de las tres sílabas que pronunció. Necesité la ayuda visual de lo que la caja boba mostraba para poder comprender a totalidad el mensaje.
“Se mató”.
La gravedad hizo que la toalla cayera al suelo cuando la solté para coger el remoto. Subí el volumen lo suficiente para que el ruido rompiera mi aturdimiento. Se metió un tiro con una C**t 38, ¡pam!, directo en la sien. La cagada.
Le tomó poco rato a Jimena averiguar a qué hospital se lo iban a llevar, cosa que me generó extrañeza. Supuse que, aún con el lechón frío, la cena de navidad debe seguir su curso. Me subí a uno de esos buses amarillos que van por toda la Panamá, y discutí con el im***il del chófer de que si era china hasta 28. Me fui de largo al fondo, aún no estaba suficientemente consciente para aguantar cojudeces. “Maldita sea, Jimena” pensé, “puedes conseguir la info del hospital en dos minutos, pero no puedes mandarme un tacho para llegar al toque”.
Huevadas, de todos modos. Tras guardar el cigarro de regreso en la cajetilla, me di cuenta de por qué el tráfico se había detenido. Me paré rápidamente, y empujé al pobre cojudo que estaba vendiendo frunas para pagar su operación de rodilla -y a quien una semana antes había visto en otro bus, en otra ruta, vendiendo oleolé para operarse la vesícula.
Apreté el timbre como un desquiciado, pi-pi-pi. El chofer miraba de reojo hacia el espejo retrovisor, probablemente maldiciendo a todos mis ancestros, mientras hacía una parada antes de dar la vuelta por una avenida que no conocía.
Había una aglomeración de personas rodeando el hospital miraflorino, al menos unas dos cuadras de humanos que, por alguna razón, no tenían nada mejor que hacer que estar ahí esa mañana. Troté para acercarme al tumulto, y divisé al equipo.
Era bastante fácil reconocer que todos éramos rookies. El camarógrafo, Chocho, no tenía aquel chaleco color beige que todos los otros obesos y refunfuñones fotógrafos frustrados lucían con los logotipos de sus respectivos canales -además que aún había cierto rastro de bondad en sus ojos, a diferencia de los pro¬-. Los otros dos que sacaba -una chica menuda de anteojos y un cabroncete que sonreía como si de vendedor de bienes raíces se tratase- me comentaron que estaba jodido adentrarse en el tumulto.
Siendo yo el más alto de los cuatro, tuve que liderar al frente mientas nos adentramos en aquel pogo para conseguir la primicia del suicidio más importante de los últimos años.
Tuvimos la fantástica idea de, primero, entrevistar a algunos de los pintorescos personajes que rodeaban la zona. Una anciana sollozaba desconsoladamente, como si fuese su hijo el que se hubiera volado los sesos.
“Señora” preguntó el cojudo de dientes blancos, “¿cómo se siente en esta ocasión”. La señora pasó a explayar su relación con la imagen del gran otorongo, a quien seguía desde los 80’s, y a quien tenía como si fuese el santo Mesías que salvaría nuestro decadente país. Después de dicho eso, la señora siguió llorando, y tambaleándose, hacia el siguiente equipo periodístico, de otro canal.
Otro tipo, también plañendo a moco tendido, se golpeaba el pecho, de rodillas, mirando al cielo. “¡Sálvalo, Jesucristo, sálvalo!” Algunos curiosos lo filmaban con sus dispositivos móviles.
“Una huevada”, escuché detrás de mí. Uno de los veteranos, con su chaleco multiusos, y un gorrito del canal 5, estaba parado a mi costado. “¿tienes un pucho?
Saqué la cajetilla, le ofrecí uno y tomé el otro para mí. “Está frío ese conchasumare, hace rato”. Lo miré, supuse que con tanta experiencia en el negocio uno sabe cuándo están haciendo show. “Mira”.
Sin anestesia, me enseñó la foto que se viralizaría unas horas después: el cuerpo desparramado del gordo, bañado en sangre, con toda clase de tubos y cosas enchufadas en él. Si hubiera desayunado, probablemente hubiera vomitado.
“Ja, ja, ja” se mofó el ducho cameraman. “Tú no aguantarías un mes en policiales, flaco”. Se retiró, cagándose de risa y caminando como Big Smoke.
Me terminé mi puchito e inmediatamente deseé otro. “No le hubiera invitado el último” pensé.
“Oe, apúrate” me llamó Chocho “hay que hacer el standup”. Me acomodé la camisa dentro del pantalón, y tomé el micrófono con la mano derecha.