07/11/2025
Muy famosas las pulquerías en esas épocas no sacaban a mis abuelos de esos lugares
México Antiguo | Las Pulquerías
Hubo una época en México en la que el pulque no era una bebida exótica ni un recuerdo del pasado, sino el corazón mismo de la convivencia popular. Las pulquerías eran mucho más que simples cantinas: eran templos del maguey, refugios de obreros, poetas, campesinos y soñadores, todos reunidos bajo el mismo olor a fermento y las risas que llenaban el aire.
A finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, en ciudades como Puebla, Hidalgo y la capital mexicana, las pulquerías eran una institución. Sus nombres eran ingeniosos, a veces pícaros, a veces poéticos: La Risa Loca, El Recreo de los Dioses, La Flor del Maguey o Aquí Me Quedo. En sus paredes se pintaban frases populares, dibujos de magueyes y escenas del campo, recordando que el pulque era un legado de los antiguos dioses mexicas.
Entrar a una pulquería era entrar a otro México. Los pisos solían estar cubiertos de aserrín para absorber la humedad del pulque derramado, y los vasos de vidrio grueso —los llamados “cazuelas” o “tarros”— pasaban de mano en mano entre los parroquianos. Había música de fondo, a veces una rocola, a veces un trío improvisado; y siempre, el rumor de las conversaciones que mezclaban humor, política y amoríos.
El pulque llegaba fresco, traído desde las haciendas magueyeras en grandes barriles de madera. Su sabor cambiaba con el clima, con la hora y hasta con el ánimo del tlachiquero que lo había extraído. Era una bebida viva, literalmente, fermentando mientras se servía.
Durante el Porfiriato y los primeros años del siglo XX, las pulquerías comenzaron a ser vistas con recelo por las clases altas, que preferían el vino o la cerveza importada. Sin embargo, en los barrios populares resistieron con orgullo, convirtiéndose en el corazón social de muchas colonias. Allí se cerraban tratos, se cantaban p***s y se celebraban victorias pequeñas, con un tarro en la mano y una historia que contar.
Hoy, aunque muchas de aquellas pulquerías desaparecieron, algunas sobreviven, convertidas en testigos silenciosos del México que fue. Entrar a una de ellas es hacer un viaje en el tiempo: el mismo olor, los mismos vasos, las mismas frases en la pared. Y, sobre todo, la misma sensación de comunidad que pocas bebidas han sabido inspirar.
Porque el pulque no solo se bebía: se compartía. Y en ese compartir estaba el alma de un pueblo entero.