01/02/2025
Cinépolis
Un completo desconocido.
Para ser un cantautor, un juglar de nuestros días, a veces acústico, a veces eléctrico, que canta con una voz un tanto desafinada y gangosa, Robert Zimmerman ha resultado ser todo un animal cinematográfico; The Internet Movie Database cuenta más de mil quinientos títulos en los que de una y otra forma ha intervenido; como actor, como músico, como referencia o como sí mismo en alucinadas tramas e, inevitablemente, como frontman de un concierto y hasta como músico acompañante. Se puede decir que su alias, Bob Dylan, es entonces el personaje del Siglo.
A unos años de su ascenso, cuando la barahunda mediática va quedando poco a poco atrás tanto como sus glorias intelectuales y comerciales acumuladas a través de tan estruendosa carrera, la cinta de James Mangold recupera ese tramo en que todo queda definido dejando muy claras las determinantes de valor en su experiencia, si bien es válido mencionar que lo hace básicamente por medio de la fabulación de la historia real pero que complementa con un buen conjunto de variables puramente cinematográficas.
La primera de ellas, por el orden de lo que va percibiendo el espectador, es el trabajo que realiza con su protagonista, el joven Timothée Chalamet, toda una revelación que desde su primera aparición en la pantalla mayor puso en relieve que es un superdotado y en ascenso, que para la ocasión y con el equipo fotográfico logra una iconografía por completo idéntica a la del personaje que interpreta, siendo extraordinariamente notable en virtud de las diferencias físicas entre ambos. Y no es solo cosa de la fotografía, sino también de los tics, de la flema, y de los claroscuros fotográficos, del meticuloso retrato de una época.
El segundo apartado digno de atención es una impresionante banda sonora en la cual todos los hits, todas las rolas de los conciertos, han sido reinterpretados y en el caso del material de Bob, está reinterpretación también corrió a cargo del joven Chalamet. Increíble su performance que además de idéntica resolución que a la fotografía aplica a la voz y el fraseo del juglar, agrega un desempeño en la guitarra bastante notable y fidedigno; ignoro si el actor sepa tocar guitarra pero logra dibujar los acordes, los arpegios y hasta el fraseo bajistico, sincronizando imagen y audio a la perfección en el montaje cinematográfico. Es admirable.
No obstante todo lo anterior, hay un apartado mayor. Tal vez no del todo tan visible para el gran público pero materia sabida para todo aquel que logra “hacerla” en el mundo de las artes y particularmente de la música, y que se resume en el momento que Joan Báez, gran amor de juventud del juglar, le reconoce cuando termina la tercer y última canción de su primer concierto eléctrico y expresa, con un cierto resentimiento no exento de amor, admiración e incredulidad que, sin duda se ha ganado lo que tantos en su posición anhelan y que les es negado: su libertad. Una libertad que todos saben que no estará disponible en virtud de lo que han comprometido para poder estar en la cima: la pertenencia a un grupo, la lealtad hacia las figuras que les precedieron en el camino, la fidelidad hacia sus mentores. Por muy grandes y reconocidos que lleguen a ser, por muy alta que sea la fama que alcancen, nadie como Bob había podido dar un paso adelante y ser por sí mismo. A despecho de lo que pudieran exigir sus fans. Por mucho que desde que muy humildemente llegara Bob con su guitarra en mano a cantar una canción a su moribundo héroe y haya sido patente que sus composiciones tenían una densidad nunca antes sentida en el mundo de la música pop; nadie nunca había podido suponer que el talento fuera suficiente para la conquista de esa libertad.
En este sentido, la película se convierte solo en eso. El retrato del momento en que Bob Dylan conquista el derecho a ser él mismo con independencia del Folk, luego sería del Rock, y muchos años más tarde, hasta con independencia de la propia música, al ser reconocida su calidad poética con el Premio Nobel de Literatura.
Vaya tipo. Vaya leyenda contemporánea, si bien aclaraba en un inicio, se trata de una historia tiernamente fabulada. Para una historia no centrada en un largo episodio de la vida del personaje, que incluya un estudio social tanto como un período más extenso de su carrera, puede consultarse, por ejemplo, la obra quasidocunental del omnisapiente Martin Scorcese: Rolling Thunder R***e, A Bob Dylan Story, 2019.
La actuación de Edward Norton como mentor del Perfecto, o Completo desconocido, es por mucho una muestra mayor y notablemente enternecedora de la admiración que siempre ha suscitado Robert Zimmerman con su alter ego, Bob Dylan.
Ficha Mínima.
A complete unknown. Director: James Mangold. Guión: Jay Coks, James Mangold, Elijah Wald. Fotografía: Phedon Papamichael. Edición: Andrew Buckland, Scott Morris. Música: Bob Dylan, Timothée Chalamet, Joan Báez,Woody Guthrie, Pete Seeger, etc. Producción: Michael Bederman, Timothée Chalamet. Elenco: Timothée Chalamet. Edward Norton. Elle Fanning. Mónica Barbaro. Boyd Holdbrook. País: Estados Unidos. 2024. Duración: 141 minutos.