27/05/2026
“El cine oficial en todo el mundo se está quedando sin aliento. Está moralmente corrupto, estéticamente obsoleto, temáticamente superficial y temperamentalmente aburrido. Incluso las películas aparentemente valiosas, aquellas que pretenden poseer altos estándares morales y estéticos y que han sido aceptadas como tales tanto por la crítica como por el público, revelan la decadencia del Cine Producto. La misma pulcritud de su ejecución se ha convertido en una perversión que encubre la falsedad de sus temas, su falta de sensibilidad y su falta de estilo.” rezaba el manifiesto del New American Group creado por Jonas Mekas el 30 de septiembre de 1962.
Durante los años sesenta y setenta emergió alrededor del mundo una red orgánica de salas alternativas, cineclubes y cinematecas que transformó para siempre la forma de ver y discutir el cine. Estos espacios aparecieron como respuesta al dominio cultural de Hollywood y a una industria cinematográfica cada vez más estandarizada, censurada y orientada al consumo masivo. En ciudades como Nueva York, París, Londres, Ciudad de México, Buenos Aires o La Habana, estos cines mezclaban películas soviéticas, surrealismo, documentales, cine underground y clásicos olvidados. Espacios como el Bleecker Street Cinema, el Elgin Theater o el Waverly funcionaban simultáneamente como salas de exhibición, centros de reunión y laboratorios culturales. Las programaciones incluían dobles funciones, retrospectivas, funciones nocturnas y películas imposibles de encontrar en circuitos comerciales. La circulación de películas dependía de cooperativas y redes informales. Organizaciones como la Film-Makers’ Cooperative permitieron distribuir cine experimental en 16mm entre universidades, galerías y cineclubes.
De este ecosistema surgirían las midnight movies. Cuando Ben Barenholtz estrenó El Topo una medianoche en el Elgin Theater, descubrió que películas demasiado extrañas para el mercado tradicional podían sobrevivir gracias a comunidades que aunque chiquitas eran bastante picosas.