27/04/2026
"El olvido de la razón: Crónica de una traición anunciada"
En el teatro de la vida pública contemporánea, las luces de la razón se han apagado para dar paso a un espectáculo sombrío: la era de la ofensa y la calumnia. Hemos cambiado el argumento por el insulto, el debate lógico por la descalificación personal y la búsqueda de la verdad por la reafirmación de nuestros propios prejuicios.
El debate público, diseñado para la construcción de consensos y la mejora colectiva, se ha convertido en una arena de gladiadores donde la moderación es vista como debilidad y la duda como traición.
Esta dinámica no es casual, sino el resultado de una polarización deliberada que divide al mundo en un falso dilema: los "buenos" contra los "malos", la izquierda contra la derecha, los seguidores contra los enemigos. La política actual prefiere el epíteto al argumento, y en esa división, la complejidad de los problemas nacionales se simplifica hasta lo absurdo.
Grandes pensadores de la historia nos advirtieron sobre este momento. Immanuel Kant, en su defensa de la ilustración, nos exhortó a Sapere aude ("atrévete a saber" o "ten el valor de usar tu propio entendimiento"). Hoy, parecemos haber hecho lo contrario: hemos cedido nuestra capacidad de raciocinio a la emoción colectiva y al tribalismo identitario.
Max Weber señaló que la política es la persecución de valores, pero cuando esos valores se convierten en dogmas incuestionables, la política se torna irracional. Al sustituir el razonamiento lógico por la descalificación, abdicamos de nuestra ciudadanía, dejando de ser sujetos pensantes para convertirnos en fanáticos de una facción.
El resultado es la fragmentación social, donde el contrario ya no es alguien con quien se discrepa, sino una amenaza existencial que debe ser eliminada moralmente.
Esta polarización, sin embargo, no es nueva en el contexto mexicano. Desde que somos una nación independiente, nuestra historia ha sido testigo de traiciones terribles entre hermanos. Francisco Martín Moreno, en su obra Las grandes traiciones de México, relata cómo la lucha por el poder ha sido una constante de alianzas inconfesables, traiciones y sangre.
Iturbide, el fundador del imperio, fue ejecutado como traidor tras regresar a advertir sobre conspiraciones contra la nación. Madero, el "Apóstol de la Democracia", fue traicionado por Victoriano Huerta, quien fingió lealtad para luego derrocarlo en la trágica Decena Trágica.
La Revolución Mexicana fue, en sí misma, una serie de traiciones cruzadas, donde líderes como Villa y Zapata fueron perseguidos y asesinados por quienes habían sido sus aliados.
Esta herencia histórica nos enseña que el costo de la división extrema es la inestabilidad y el estancamiento. Cuando la política se reduce a "buenos y malos", héroes y villanos, la historia nos demuestra que todos terminan perdiendo.
En medio de esta guerra de calumnias y odios, el verdadero protagonista de la democracia —el gobernado— es el que menos importa. El discurso polarizante busca mantener el apoyo mediante la emoción y la polarización, no mediante la solución de problemas reales.
Cuando el debate se centra en atacar al "fifí" o al "chairo", al "conservador" o al "populista", las políticas públicas se descuidan. La realidad es que el político de cualquier bando suele ver primero por sus intereses personales, y la polarización sirve de cortina de humo para la corrupción y la ineficiencia.
Si la razón sigue olvidada y la calumnia siendo la moneda de cambio, México se encamina hacia una ruptura social profunda, donde el diálogo será imposible. La polarización, al convertirse en una identidad social, dificulta el acuerdo, la inversión y el crecimiento.
La historia de México demuestra que cuando los mexicanos se concentran en traicionarse entre sí en lugar de colaborar, el país es vulnerable y su desarrollo se detiene. La unidad no significa pensar igual, sino respetar la pluralidad y buscar acuerdos basados en la evidencia y el razonamiento.
Recuperar la razón es urgente. De lo contrario, seguiremos siendo prisioneros de una historia que, al no aprender de ella, estamos condenados a repetir: la tragedia de la división.