26/04/2026
𝐂𝐮𝐜𝐚𝐫𝐚𝐜𝐡𝐚
Decidí escaparme de la casa mientras mis papás dormían. No para siempre, solo salir un rato.
Abrí la ventana y bajé con cuidado, no tenía miedo de lastimarme, simplemente no quería despertarlos
Cuando por fin toqué el piso miré a mi alrededor, pasaba de la media noche y había mucho silencio. De repente un grito, luego otro seguido de risas y carcajadas, avancé hasta una esquina y al girar ahí estaban, un grupo de chiquillos como de mi edad corriendo y jugando en la banqueta.
Cada día los veía jugar desde mi ventana, corriendo por allá y por acá, con una sonrisa en la cara. Y me ponía triste no poder jugar con ellos.
"Es que tú eres diferente a los otros" repetía mi mamá
"Y es que sin querer, podrías lastimarlos" cerraba su frase mi papá
Yo entendía, entendía que no era como los demás, que tenía habilidades.
Pero no me importaba, yo quería jugar, quería sentirme como esto que soy, una niña.
Así que avancé hasta ellos.
—Ho....hola.
Se me quedaron viendo como en silencio, hasta que el más chico se presentó.
—Hola, soy el Tapón, ¿cómo te llamas?
—Helena— le dije.
No me llamó así, pero fue el nombre que se me ocurrió.
—Mucho gusto Helena, yo soy el Muchaprisa— señaló otro— y ellas son las cuatas.
Las cuatas eran unas gemelas con la mirada más inquieta que haya visto, mientras que el Muchaprisa parecía su líder.
—No pareces de por estos lados, Helena.
—Yo....este....acabo de mudarme. Quería conocer el lugar y pues los vi y me llamaron la atención jajj. Y quería juntarme con ustedes
—¿Quieres juntarte con nosotros?
—No puede, tiene que hacer la iniciación.— agregó una cuata.
—No puede, tiene que hacer la iniciación.— recalcó la otra cuata.
Entonces, el Muchaprisa sonrió.
—¿En serio quieres juntarte con nosotros?
—Me gustaría.
—Hagamos tu iniciación.
Y alzó los brazos, como hablando con la luna, dejando al descubierto un arma atorada a su cinturón.
—Es muy simple, tienes que acompañarnos al viejo terreno, si logras pasar puedes juntarte
Recorrimos unas calles hasta ver una barda muy larga, ya se observaba desgastada y polvorienta. Luego el Muchaprisa tomó vuelo y en un brinco se puso en la orilla del muro.
Los demá, tanto el Tapón como las cuatas también saltaron.
—Esta es tu iniciación, te toca.
Y me hice unos metros hacia atrás y corrí lo mas rápido que pude, pero no alcancé a trepar.
Traté varias veces, hasta que me resbalé en el suelo.
Tapón y las cuatas echaron a reírse.
—No va a poder brincar.— exclamó una cuata.
—No va a poder brincar.— sentenció la otra cuata.
"Tengo que hacerlo", pensé. "Tengo que usar una de mis habilidades"
Tenía miedo, toda mi vida mis papás me habían reprimido para no usarlas, y no lastimar. Pero no quería quedarme así toda mi vida.
Avancé lentamente hacia el muro y comencé a flotar poco a poco hasta subirlo. Los demás me veían atónitos.
—¿Pued....puedes volar?
—Un poco, aún no lo controlo mucho.
Bajamos la barda y nos metimos muy adentro en el terreno viejo.
—¿Qué otras cosas haces?
—También soy invulnerable. No me lastimo.
—¡¿En serio?!
—Ajá.
—Muéstranos.
Me moví unos pasos hasta ponerme junto a una pared muy alta y levanté una mano.
—Dispárame.
Vieron al Muchaprisa extrañados.
—Dispárame, detendré la bala.
—No va a poder.
—No va a poder.
—Yo pienso que si.— dijo el Muchaprisa
Y sacó su arma, apuntó, disparó.
...
Cerré los ojos, el ruido fue ensordecedor. Un pequeño tintineo tocó el piso. Ahí estaba una bala, comprimida por impacto. La recogí y los demás no se movían.
—¿Ven?
Después alguien gritó a lo lejos "¿quién anda ahí?".
Nos vimos y salimos corriendo.
Íbamos riéndonos a más no poder. Brincamos la barda y seguimos hasta nuestra cuadra. Mientras huíamos notaba a mi nuevo grupo sonriendo, me sentía parte de ellos. Me sentía niña.
Nos detuvimos.
—Así que puedes volar y no te lastimas.
—Eres como una cucaracha.— dijo el Tapón
Nos reímos todos.
—Dile que venga mañana.— sugirió una cuata.
—Dile que venga mañana.— apoyó la otra cuata.
—Que venga a explorar.— completó el Tapón.
—¿Explorar? ¿Dónde?
—Vamos a entrar en la vieja casa Abundiz. Dicen que está embrujada. Los padres mataron a su hija y nunca hallaron los restos. Y a veces pueden verla observando a través de su ventana.
Visitar la vieja casa Abundiz, así me apellido yo.
Nos despedimos uno a uno.
—Hasta mañana, cucaracha.— dijo el Tapón
—Descansa, cucaracha.— exclamó una cuata.
—Descansa, cucaracha.— recalcó la otra cuata.
—Duerme, cucaracha.— asentó el Muchaprisa.
Y se fueron.
—Hasta mañana....— murmuré.