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22/05/2019

ENTRE XARNEGOS Y CATALANES “DE VERDAD”

Por Manuel Moreno Capa

“La perderé, no puede ser, no es para mí, la perderé antes de que me deis tiempo a ser un catalán como vosotros ¡cabrones!”. Estas palabras son de Manolo, un pobre inmigrante, xarnego o murciano (dos apelativos aplicados a quienes llegaban a Cataluña desde otras partes de España). Con esta acritud, el protagonista de la grandísima novela “Últimas tardes con Teresa” se indigna con esos catalanes que no le dejarán ser catalán. Y lo hace al contemplar a la mujer que quiere conquistar, la hermosa Teresa, hija ideal de la burguesía barcelonesa. Una historia de amor, pero también de temas tan candentes como los nacionalismos y la desigualdad económica.

La historia de este xarnego la escribió otro xarnego, el maestro Juan Marsé, uno de los mayores novelistas españoles y catalanes vivos (mal que esta doble identidad les pese a muchos… de ambos bandos nacionalistas). Su “Últimas tardes con Teresa” es (junto a su especie de continuación “La oscura historia de la prima Montse”) una pieza indispensable de la literatura contemporánea en castellano. Y no está de más releer ahora estas dos novelas, justo cuando el juicio al procés vuelve a poner de actualidad el sinsentido de todos los nacionalismos, entretenidos ahora en montar sainetes en el Congreso de los Diputados o en aliarse en grandes coaliciones europeas populistas (si son tan nacionalistas, ¿a qué se debe este afán de formar alianzas transnacionales que muestran ahora Salvini, Le Pen y sus afines?)

La obra de Marsé nos cuenta el crisol social y económico de esa Cataluña de postguerra y desarrollismo. Y ese escenario, con sus contradicciones y sus desigualdades, sigue vivo ahora, cuando muchos sentimos, como el propio Juan Marsé, que Barcelona es tan nuestra (igual que París, Londres o Nueva York) como de quienes se consideran “catalanes pata negra” por sus genes o, más obviamente, por su dinero y condición social.

Porque el decimonónico y trasnochado independentismo/nacionalismo (germen de los mayores desastres de la historia reciente: cuando faltan ideas lo más fácil es sacar las banderas… y tras ellas los uniformes, para uniformar a todos los individuos y conseguir eso que se llama “identidad nacional”) no es, en el fondo, más que una manipulación pilotada por las clases dirigentes en busca de su particular paraíso que –como no puede ser de modo en estos tiempos– es sobre todo un paraíso fiscal. Y esto es aplicable no sólo a Cataluña, sino también al Brexit (que ahora, por fin, plantea su única salida posible: un segundo referéndum), al America First (que está poniendo a América a la cola de muchas cosas) y a todas las voces que en estos tiempos quieren levantar más muros y fronteras. Y para ello, se apoyan en distinciones genéticas, raciales, culturales, económicas o incluso las más tontas: las históricas. ¿Qué tengo que ver yo, ciudadano del mundo del siglo XXI, con una guerra dinástica de 1714, o con que si el Estado en que ahora vivo fue en otros tiempos cabeza del Imperio donde no se ponía el sol, territorio islamizado, reino godo o provincia romana?

Los señoritos independentistas
Las hermosas páginas de “Últimas tardes con Teresa”, escritas por alguien que piensa que lo que sobra en el mundo son banderas y fronteras, describen no sólo la diferencia, básicamente económica y social, entre xarnegos y catalanes, sino también el nacimiento de esa clase progresista, ilustrada y, por supuesto, catalanista, que está en el germen de quienes en tiempos recientes se han dejado arrastrar por el ciego independentismo:

“Crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá, abnegados, indefensos y resignados llevan su mala conciencia de señoritos como los cardenales su púrpura, a párpado caído humildemente; irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayunos con natillas; esto les hace sufrir mucho, sobre todo cuando beben vino tinto en compañía de ciertos cojos y jorobados del barrio chino, sombras tabernarias presumiblemente puteadas por el Régimen a causa de su pasado progresista”.

¡Pobres señoritos ricos, que querían enfrentarse al franquismo rampante, por cierto muy bien recibido en la Cataluña de la postguerra! ¡Cuánto tuvieron que sufrir! Lo cual no evitó que recibieran luego, no sólo un lugar privilegiado en la naciente democracia, sino también, por supuesto, una buena herencia paterna… de esas que en treinta años no da tiempo a declarar al fisco, como la supuesta de los Pujol. Pero la Historia sigue su curso y pone a cada cual en su sitio:

“Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda”.

Duras palabras de Marsé para definir a toda una clase social, esa que –no sólo en Cataluña– al final lo único que quiere es defender sus paraísos (sobre todo los fiscales) y sus poltronas políticas. Y para retener el poder, a falta de proyectos reales para mejorar la economía y la sociedad, exhiben nacionalismo, lazos amarillos y banderas. Ni siquiera dudan, desde sus despachos de servidores públicos y con sus sueldos pagados con los impuestos de todos, en alzarse contra ley, en inventarse agravios, en aliarse con quien sea. Si no, ¿alguien puede explicarme cómo supuestos partidos de izquierda son a la vez nacionalistas, pero al tiempo se alían para concurrir a las elecciones europeas del 26 de marzo, como acaban de hacer los catalanes de eso que dice ser Izquierda Republicana, los gallegos del Bloque y los vascos de Bildu? ¿No será que todos los nacionalismos son igual de insustanciales?.

Los problemas de verdad
Pese a todos estos juegos florales de banderitas, como medita la burguesita y universitaria Tesera, la chica a quien desea el murciano Manolo, hay gente con otros problemas, con problemas de verdad:

“¿Debería recordarles [a sus amigos catalanes, burgueses y estudiantes] que el chico era un obrero, es decir, una persona que no está para alardes dialécticos, un hombre con otros problemas”.

Son problemas de subsistencia, de integración, que sufre la gente de la calle, mientras a su alrededor florece la riqueza, que Juan Marsé disecciona en dos tipos, la que se ve y la que no se ve:

“Pero lo que más abunda son turistas: éstos son los ricos que se ven, piensa él [el xarnego, mientras va a la playa sobre una moto robada para encontrarse con Teresa], los que a veces incluso pueden tocarse (…); los que aún permiten, no sin fastidio por su parte, que los arrebatados indígenas llegados en bandadas [a las playas] los fines de semana, en trenes y motos, envuelvan con miserables miradas de perros callejeros sus nobles cuerpos soleados y su envidiable suerte en la vida”.

Nada que ver con los otros ricos, con los autóctonos, los padres de donde surge esa futura élite política que él llama “señoritos de mierda”:

“Pero hay otros aún más ricos, los que apenas se dejan ver, los verdaderamente inaccesibles. De ellos se podría decir que no existen si no fuese porque algunas veces han sido vistos en lugares públicos. (…): Entre ellos, ciertos hombres maduros impresionan muy particularmente al borrascoso motorista. No son ni turistas ni indígenas: viven en Villas de recreo, que tampoco apenas se ven, rodeados de jardines y pinares, entre silencios y rumorosas frondosidades de ocio, nos miran sin vernos, sus ojos están podridos de dinero y su poderosa mente marcada con viejas cicatrices de raudos negocios. Igual que gánsteres retirados, reposan impunemente al borde de piscinas muy particulares (…), junto a campos de tenis donde juegan muchachas que podrían ser sus hijas…”

De este modo captaba Manolo, cada verano…

“…el áureo prestigio del dinero que se esparce por las parcelas más privadas de la costa mediterránea como una miel dorada (…), un abandono corporal y una ternura desapasionada que ya no expresaban –felices ellos, los ricos– ninguna pena por todo aquello que nunca ha de alcanzarse en esta vida, por todo aquello que nunca ha de realizarse”.

Entre esos “felices ellos, los ricos” están los familiares de Teresa o de la prima Montse que da título a la otra novela, “La oscura historia…”. Personajes a quienes Marsé incluye en la “clase de ricatólicos”, como la madre de Montse, devota volcada en la presidencia de una junta diocesana desde la que, poco a poco, descubre lo que de verdad pasa más allá de los muros de la parroquia:

“… esa admirable mujer para quien la caridad hasta ahora sólo había sido un medio de satisfacer una santa indignación o una nerviosa inconsciencia, y así poder penetrar un poco en eso que su mente sencilla comienza a comprender y a temer: los problemas sociales, las podridas raíces de este frondoso árbol de la vida nacional, los jornales del hambre, el desempleo, etc. Se entretiene consultando un importante trabajo exhaustivo realizado por parroquias y que revela (…) que sólo en nuestra ciudad hay miles y miles de familias que viven en condiciones infrahumanas”.

Pese a estar escrito en 1970, hace casi medio siglo, suena muy actual esto de “los jornales del hambre, el desempleo…”. Sin olvidar tampoco las duras condiciones de esa inmensa clase social, alejada de las preocupaciones burguesas, y que Marsé describe, de nuevo, en ese sitio más allá de las piscinas de los ricos y al que todo el mundo acude: la playa.

“Es un mundo chillón y superpoblado que se cuece al sol. Son los detritos industriales del emprendedor `seny´ condal, la servidumbre tranviaria y fabril y el peonaje foráneo que impone su fea desnudez en una reducida zona libre de sucia arena y turbias olas donde flotan residuos de comidas y de coitos degradados, un mundo abigarrado y violento y feísimo que ella [Montse] había rehuido hasta hoy y dentro del cual no es fácil mantenerse limpio ni guardar una postura digna durante mucho rato. Imposible no embrutecerse aquí –pensaría Montse–, hay una amenaza de contagio”.

¿Cómo evitar ese contagio? ¿Cómo negarse a afrontar los “auténticos problemas” de quienes no han tenido la suerte de nacer “señoritos de mierda”? Pues con el truco de siempre: sacando las banderas para que eso llamado “pueblo” se ponga a desfilar tras ellas, con el reclamo de ir a votar por nuevas fronteras y muros, en la Cataluña indepé, en la Gran Bretaña brexiter o en la América trumpista.

Títulos comentados:

-Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé, 1966. Debolsillo, Barcelona, 2005.

-La oscura historia de la prima Montse. Juan Marsé, 1970. Lumen, Barcelona, 2009.

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